Traductores: estamos en sus manos

Traductores: estamos en sus manos

En un mundo ideal, y con toda seguridad más aburrido, cada palabra tendría su correspondiente exacto en todos los idiomas y para traducir bastaría con conocer tales equivalencias en las dos lenguas de que se trate. Ésta ha sido la convicción que ha imperado tradicionalmente en un mundo editorial donde el nombre del traductor literario quedaba por sistema postergado de la portada. Allí reinaba sin disputa el autor omnipotente.

Traducir, naturalmente, es más que dar con las palabras que expresan el significado de lo que se dice; consiste además en evocar, trasladar ambigüedades y metáforas, atinar con la concepción del mundo que encierra cada lengua, mediar en definitiva entre dos interlocutores que no pueden establecer una relación directa por la barrera que impone el idioma. No sólo eso. Cada traducción es hija de su tiempo, de modo que la comprensión de un texto varía en función no sólo de cada traductor y de cada cultura, sino también de cada época.

El ideal al que se tiende lo expresó Ludwig Lewisohn refiriéndose en concreto a la poesía, en la que todo se complica aún más: «El poema que se traduce», señaló, «debe quedar, en una palabra, tal y como el poeta original lo hubiese escrito si la lengua del traductor fuera la suya». Cicerón aconsejaba muchos siglos antes traducir más «como orador» que «como intérprete» y darle al lector las palabras no «en su número» -literalmente, diríamos hoy- sino «en su peso».

Lewisohn consideraba que el arte del traductor era más difícil incluso que el del actor y que el del músico. «En la versión se debe interpretar el original en un medio que no ha concebido nunca el autor», dijo según la traducción (es obligado anotarlo) de Rafael Lozano. Miguel Sáenz, el decano de los traductores españoles de hoy, resume con tino que «el escritor está vendido» porque la comprensión de sus libros en lenguas distintas a la suya depende enteramente de terceros, razón por la que recomienda «apertura y comprensión por ambas partes».

Günter Grass, a quien Sáenz tradujo y de quien fue buen amigo, comprendió como nadie esta necesidad de entendimiento y por eso organizaba, junto con su editorial alemana (Steidl), unas famosas reuniones de días con los traductores de sus obras a otros idiomas, además de citas más en petit comité donde les cocinaba o compartía con ellos bebida sin cuento. Más difícil de trato era Thomas Bernhard, quien opinaba que todo libro traducido era «como un cadáver destrozado por un coche hasta resultar irreconocible» y, sin embargo, guardaba al parecer, y en lugar preferente de su casa (hoy museo), muchas versiones de los suyos en diversos idiomas.

Traductor del alemán y del inglés, Miguel Sáenz ha tenido una química especial con Salman Rushdie, a quien ha tratado menos de lo que hubiera querido después de la fatua del régimen iraní. Para simbiosis perfecta, no obstante, la de Joao Guimaraes Rosa con su traductor al italiano, Edoardo Bizzarri, que ofrecía a su juicio una versión mejorada de sí mismo, o la de Henry Roth con el suyo, Mario Materassi, a quien permitió dar a conocer parte de la novela-río que él sólo estaba dispuesto a publicar en inglés después de muerto, A merced de una corriente salvaje. Peter Handke decía preferir sus propias novelas vertidas al francés por Georges-Arthur Goldschmidt, afirmación que a éste debía de llenarle de orgullo.

En las relaciones autor-traductor ha habido de todo, y la tesis doctoral que Claudia Toda acaba de presentar en la Universidad de Salamanca las recoge por extenso. Se dice que Bryce Echenique reprochó en cierta ocasión a una intérprete que había acabado con un personaje suyo que no moría en el texto original, flagrante violación del primer mandamiento de todo traductor, la lealtad a lo escrito. Borges pidió traducir sus obras a grandes narradores contemporáneos suyos, como Faulkner y Virginia Woolf, y firmó versiones excesivas e insólitas, deliberadamente libres.

Para Javier Marías, la suya del Tristram Shandy de Sterne es probablemente el mejor texto que ha escrito. Baudelaire tradujo admirablemente a Poe, lo mismo que Cortázar a Yourcenar (Memorias de Adriano), Pasternak a Shakespeare, Pedro Salinas a Proust y Musset, Jorge Guillén a Valéry (El cementerio marino) y Pavese al Melville de Moby Dick. El poeta Luis Antonio de Villena, colaborador de EL MUNDO, es autor de una extensa colección de versiones de Wilde, Verlaine, Ted Hughes y otros muchos autores.

Milan Kundera es conocido, como Grass, por cuidar y ayudar a sus traductores. Otros escritores se comportan como sádicos con ellos, y no son ni uno ni dos los que han sucumbido a una depresión nerviosa debido a las continuas y caprichosas enmiendas requeridas (de los autores o de sus mujeres, que de todo hay).

Ramón Buenaventura no llegó a este extremo, pero sí le produjo un cabreo mayúsculo el carácter intransigente que demostró Jonathan Franzen cuando traducía al español Las correcciones. Enrique de Hériz, que se hizo cargo de la reciente Pureza, publicada en España por Salamandra, dio al parecer con otro Franzen, «amable» e incluso «caballeroso» en los correos electrónicos que intercambiaron -precisa a este diario-, dispuesto a buscar soluciones «y hasta disculpando como posibles fallos de inexactitud por su parte lo que a todas luces eran incapacidades de comprensión» por la del traductor.

El reto fundamental de Pureza, explica De Hériz, consistía en mantener la dualidad «escritura compleja/lectura transparente» y conseguir «que todo el texto quedara impregnado del sentido del humor del original, sutil y no siempre en primer plano».

Javier Calvo ha dedicado la más reciente de sus obras a indagar en el oficio invisible de la traducción. El fantasma en el libro, que publicará en marzo Seix Barral, analiza, como adelanta él mismo, una deriva preocupante que desplaza la traducción literaria, hasta ahora «hermana de la poesía y la retórica», hacia una consideración de mero «servicio editorial basado en la competencia lingüística y valorado cada vez más a la baja».

La segunda parte de El fantasma del libro trata de los desafíos que afronta hoy la traducción. Así «el dominio del inglés, el idioma artificial de las traducciones al español, la controversia en las traducciones entre el español de España y los diversos de América Latina y la desprofesionalización del sector», enumera.

Calvo es partidario de no mantener ningún contacto con el escritor a quien traduce. Hacerlo no sólo le parece el recurso fácil para resolver dudas, sino que además «distorsiona el resultado final (…) y supedita los criterios del traductor a los del propio autor, que no siempre son necesariamente los mejores».

Por lo que sabe de otros, en el ámbito anglosajón en el que se mueve abunda tanto la amabilidad como la condescendencia en la relación entre autor e intérprete, aunque «la balanza se decanta peligrosamente a veces», ironiza.

El novelista colombiano Juan Gabriel Vázquez, que también practica la traducción, bromea igualmente que, como comenzó trabajando sobre escritores muertos (John Hersey, Victor Hugo y E. M. Forster entre otros), se acostumbró a no tener contacto con ellos… Con una excepción, el galés Richard Gwyn -traductor él mismo de autores latinoamericanos-, a quien desveló un lapsus en su novela El desayuno del vagabundo.

España ha dado grandes traductores que, a su vez, fueron ellos mismos autores. José María Valverde, Carlos Pujol, Consuelo Berges, Mariano Antolín Rato y, más recientemente, los mencionados Enrique de Hériz y Javier Calvo han escrito libros notables en tanto que otros colegas se mantenían dentro de los márgenes de su oficio, nombres también señeros como -entre otros muchos- Esther Benítez, Miguel Martínez-Lage, María Teresa Gallego y Jordi Fibla, recientemente galardonado con el Premio Nacional por el conjunto de su obra traducida.

Fibla se siente orgulloso únicamente de unos 100 de los muchos textos que ha tenido que verter al español por razones alimenticias. El nuestro, en efecto, no es buen país para ser traductor; antes de la crisis y ahora, son legión «los escritores obligados a subsistir a golpe de traducciones pésimamente pagadas en general», como destaca Miguel Sáenz.

De todas las criaturas híbridas entre escritor y traductor, la más inusual es seguramente la del autor que se traduce a sí mismo. T. S. Eliot se hizo responsable de una versión al francés sorprendentemente roma de La tierra baldía, todo lo contrario que James Joyce, coautor de una traducción también francesa de su Ulises que peca de minuciosa en extremo, un auténtico «disparate» -al decir de José María Valverde, insigne traductor de la obra al español- que desvela sólo la obsesión del irlandés por demostrar su conocimiento del argot francés y que, no obstante, aclara el significado de muchos pasajes del texto original.

Miguel Sáenz opina que, en general, los autores no son buenos traductores de su propia creación debido esencialmente a la falta de la distancia necesaria. Como escribió una vez, «en el mejor de los casos -y el mejor de los casos es Samuel Beckett- el resultado es una obra nueva, distinta del original, una traducción que ningún traductor independiente se hubiera atrevido a hacer».

Se produce entonces el extraño fenómeno de una obra que, «en realidad, no ha sido traducida, sino que tiene dos versiones [en inglés y francés en el caso de Beckett], sin que a veces se sepa siquiera cuál es la original».

Enrique de Hériz, autor de libros como Mentira y Manual de la oscuridad, lo tiene claro: ni «bajo tortura» se traduciría a sí mismo. «Nunca he tardado menos de cinco años en escribir una novela. La mera posibilidad de dedicar un solo minuto a reescribirla en cualquier otro idioma me haría morir de aburrimiento», afirma.

Cuando recibe la buena noticia de que una obra suya se va a traducir a alguno de los idiomas que conoce, lo primero que hace es pedirle al traductor «que se olvide» de él. «Para que no trabaje con la sensación de que yo estoy mirando el resultado por encima de su hombro».

Fuente: El Mundo | Texto: P. UNAMUNO | Foto: Jeffrey Zeldman

2017-02-20T12:43:59+00:00 24 Febrero 2016|Sin categoría|0 Comments

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